Los días fugaces y vaporosos del verano pasaron rápido, se esfumaron como un soplido hacia un diente de león acompañado de un deseo que sabes que no se va a hacer realidad y dieron paso a las madrugadas de cierzo y las tardes nubladas, tristes predecesoras de las mañanas de niebla. Zaragoza es una señorita rebelde, y no se ha dignado a conocer al otoño; nos castiga con sus tardes calurosas cual ciudad en el desierto y sus fuertes ráfagas de viento cual huracán tropical. A pesar de que sigue escondido tras un rayito de sol, sabemos que es el otoño quien anda detrás de las hojas amarillas y marrones que empiezan a poblar las aceras hasta ahora vacías, de los chispeos de llovizna que hacen que saquemos del armario nuestros paraguas amarillos y calentemos nuestras manos con un cucurucho de castañas asadas.
Yo sólo le pido a Don Otoño, que se quede por aquí hasta Navidad, que él tiene suficiente poder de convicción para hacer esperar su momento al Sr Invierno.
En mi ciudad las madrugadas son tan frías que hasta la soledad anda buscando compañía...
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